Pilar Prades: La historia real de la envenenadora de Valencia

Pilar Prades: La historia real de la envenenadora de Valencia

Pilar Prades: La historia real de la envenenadora de Valencia

En la memoria colectiva de la Valencia de mediados del siglo XX residen episodios trágicos y fascinantes que marcaron a fuego la sociedad de la época. Entre todas las historias que sacudieron la cotidianidad del periodo franquista, pocas alcanzaron tanta repercusión social, médica y judicial como el caso de Pilar Prades Santamaría. Conocida popularmente como la envenenadora de Valencia, Pilar Prades pasaría a los anales de la historiografía del crimen en España por ser la última mujer ejecutada mediante el método del garrote vil en nuestro país, en mayo de 1959. Una de nuestras historias de la ruta Camins Criminals.

Su caso no sólo es el relato de un suceso estremecedor y desgarrador, sino también un reflejo fidedigno de las brechas sociales, la vulnerabilidad de las clases populares, las profundas deficiencias del sistema de la época y la compleja psicología humana en un contexto de aislamiento, ignorancia y marginación.

De Bejís a la Capital del Turia: Los Orígenes de Pilar Prades

Para comprender la deriva vital de Pilar Prades es imprescindible remontarse a sus orígenes. Nacida en 1928 en Bejís, un pequeño pueblo de Castelló, Pilar creció en el seno de una familia de agricultores marcada por la extrema pobreza y la falta absoluta de oportunidades. La España de la posguerra condenaba a la migración rural a miles de jóvenes sin estudios que buscaban desesperadamente un sustento en las grandes ciudades.

Con apenas doce años y sin saber leer ni escribir, Pilar abandonó su tierra natal para trasladarse a Valencia. La capital del Turia era en la década de 1940 y 1950 un centro urbano en expansión donde las familias acomodadas del comercio y las profesiones liberales requerían mano de obra doméstica económica y servicial. Pilar pasó a engrosar las filas del servicio doméstico, ingresando como sirvienta en diversos hogares valencianos.

Quienes la trataron durante sus primeros años en la ciudad la describían como una muchacha tímida, introvertida, servicial en apariencia, pero al mismo tiempo ingenua y con serias dificultades para establecer relaciones afectivas maduras y saludables. Sin formación académica alguna y aislada de su entorno familiar, la joven dependía por entero de la voluntad y el trato de los señores para los que trabajaba.

El Primer Hogar: La Charcutería de la Calle Sagunto

Tras pasar por varios domicilios con fortuna diversa, en el año 1954 Pilar Prades encontró empleo en el hogar del matrimonio formado por Enrique Vilanova y Adela Pascual. La pareja regentaba una próspera chacinería en la emblemática Calle Sagunto de Valencia. El trabajo parecía estable y prometedor; Pilar compartía tareas de la casa, ayudaba en la cocina y colaboraba en la atención del negocio.

Sin embargo, la convivencia pronto comenzó a enrarecerse. Dª Adela, una mujer de carácter firme, mantenía una exigencia rigurosa con la sirvienta. A pesar de los pequeños roces cotidianos, nada hacía presagiar la tragedia. Todo cambió drásticamente en los primeros meses de 1955, cuando DªAdela comenzó a experimentar un repentino y severo deterioro de su estado de salud.

Los síntomas eran extraños y desconcertantes: horribles dolores abdominales, vómitos incesantes, debilidad muscular progresiva y, finalmente, una parálisis gradual de las extremidades que la dejó postrada en la cama. Los médicos que la atendieron en un primer momento fueron incapaces de identificar el origen exacto de la dolencia, diagnosticando la afección como una polineuritis grave de causa desconocida o complicaciones renales.

Tras semanas de agonía inmensa, Adelaida falleció en el verano de 1955. D. Enrique, sumido en el dolor y la devastación económica tras la muerte de su esposa, decidió cerrar el negocio de charcutería y reestructurar su vida. Como consecuencia lógica, prescindió de los servicios de Pilar, quien tuvo que buscar inmediatamente una nueva casa donde servirse.

Noches en «El Farol», Aurelia Sanz y el Salto al Hogar del Doctor Berenguer

Sin trabajo y con escasos recursos, Pilar solía acudir los jueves por la tarde a «El Farol», una conocida sala de fiestas valenciana de la época. Allí coincidía habitualmente con Aurelia Sanz, una de sus pocas amigas en la ciudad, a la que le unía la circunstancia compartida de que ninguna tenía suerte con los hombres. Aurelia, una joven criada de 27 años, servía como cocinera en la residencia de un conocido médico militar, el doctor Manuel Berenguer, y su esposa María del Carmen Cid.

Sabiendo que en la casa de sus señores había quedado una plaza vacante debido a que la otra criada había partido hacia Inglaterra, Aurelia recomendó a Pilar a su patrón. El doctor Berenguer optó por contratarla de inmediato al venir recomendada por su cocinera de confianza, sin ni tan siquiera comprobar sus referencias ni indagar en los antecedentes de su antiguo empleo en la Calle Sagunto. De este modo, Pilar estaba nuevamente sirviendo en casa de unos señores acomodados de la ciudad.

El Desencuentro entre Amigas y el Misterioso Deterioro de Aurelia

La convivencia en el hogar del doctor Berenguer parecía discurrir sin sobresaltos hasta que surgió un problema personal entre las dos amigas a causa de un chico. Durante una de sus salidas, el joven que le gustaba a Pilar terminó sacando a bailar a Aurelia, marchándose posteriormente con ella. Aparentemente no ocurrió nada en el momento y Pilar mantuvo la compostura.

Sin embargo, tan solo una semana después, Aurelia cayó gravemente enferma. Tal y como había ocurrido en el caso de doña Adelaida, Pilar se desvivió en atenciones hacia la cocinera, preparándole constantemente caldos, sopas y tisanas reconstituyentes para combatir los achaques.

En un principio pareció que la enfermedad de Aurelia era del estómago, debido a los severos vómitos y diarreas continuadas. Pero pronto aparecieron nuevos e inusuales síntomas, como una alarmante hinchazón de las extremidades y pérdida de fuerza muscular. Ante la complejidad del cuadro clínico, el médico militar consultó a otros colegas de la profesión; entre todos diagnosticaron una «polineuritis progresiva de origen desconocido» y decidieron internar a Aurelia en el hospital, un movimiento que, sin pretenderlo, terminaría salvándole la vida a la joven cocinera.

Hacia finales de 1955 y principios de 1956, Dª Maria del Carmen comenzó a sufrir también un cuadro clínico insólito, idéntico al que había terminado con la vida de Dª Adela y deteriorado la salud de Aurelia: pérdidas de fuerza en brazos y piernas, hormigueos agudos, náuseas incontrolables y un deterioro físico pavoroso. La mujer quedó postrada en la cama, paralizada y al borde de la muerte.

La Intuición Médica y el Hallazgo del Veneno

A diferencia del caso anterior, el doctor Manuel Berenguer observó con criterio científico la extraña evolución del cuadro de su esposa. Consciente de que no se trataba de una patología ordinaria y al no hallar explicación epidemiológica ni vírica, el doctor Berenguer comenzó a sospechar de una intoxicación progresiva o envenenamiento.

Fue entonces cuando tomaron la decisión crucial de realizar la prueba del propatiol, un inyectable que permitía descubrir la presencia de sustancias tóxicas en el organismo sin necesidad de realizar complejos análisis de laboratorio. El resultado de la prueba fue tan contundente como definitivo: la causa de la misteriosa enfermedad tenía un nombre claro y mortífero: arsénico.

Con la sospecha firme sobre el hogar, el doctor Berenguer decidió indagar en el pasado y la personalidad de la recién contratada sirvienta. Se dirigió a la vivienda de la Calle Sagunto para hablar con el chacinero, D. Enrique, su anterior patrón. Allí, D. Enrique le relató todo lo sucedido con su difunta esposa y le confesó el motivo real de su despido: la perturbadora actitud de Pilar, quien tras el entierro pretendía asumir el rol de sucesora de doña Adelaida.

El Descubrimiento de la Verdad y la Exhumación

Atando cabos, el médico militar acudió de inmediato a presentar denuncia formal en la comisaría del distrito de Russafa, en Valencia. La policía actuó con celeridad y solicitó la exhumación del cadáver de la chacinera en el Cementerio General. Al abrir la tumba, los peritos descubrieron que el cuerpo aparecía en pleno proceso de momificación, un fenómeno insólito que ocurre casi exclusivamente cuando en los restos existe presencia masiva de una sustancia química conservante como el arsénico. Los análisis de laboratorio confirmaron el envenenamiento.

Paralelamente, los inspectores de policía procedieron a registrar minuciosamente la habitación de Pilar en el domicilio del doctor Berenguer. Al inspeccionar un baúl personal donde la criada guardaba la ropa blanca de su ajuar, encontraron oculta entre las prendas una botellita de Diluvión. Este preparado, un conocido veneno matahormigas compuesto de arsénico y melaza —sustancia dulce que le confería un sabor agradable que enmascaraba el tóxico—, era el arma silenciosa utilizada por Pilar en los caldos y tisanas.

La Detención en la Portería y los Interrogatorios de Ruzafa

El 20 de febrero de 1957, la policía procedió a la detención de Pilar Prades en la portería en la que residía temporalmente junto a su prima, ubicada en la calle Don Juan de Austria. Aquella vivienda servía de refugio improvisado mientras la sirvienta buscaba un nuevo empleo doméstico en la capital. Pilar se mostraba completamente ajena al avance de las investigaciones policiales e ignoraba que las autoridades hubieran descubierto el origen de los envenenamientos.

Interrogada por los inspectores de policía, Pilar ofreció versiones contradictorias. Al principio negó rotundamente los hechos, manifestando que jamás había querido hacer daño a nadie. Sin embargo, ante la acumulación irrefutable de pruebas técnicas, terminó por admitir que vertía gotas del veneno en las manzanillas, sopas y caldos que preparaba a sus señoras.

Sorprendentemente, al indagar en el móvil del crimen, Pilar Prades no fue capaz de articular un motivo económico claro. No robó grandes sumas de dinero ni joyas de valor. Según las hipótesis psicológicas formuladas durante las diligencias judiciales e investigaciones de la época, Pilar actuaba impulsada por oscuros resentimientos personales, celos patológicos hacia la figura de la señora de la casa y un deseo distorsionado de adueñarse de la dinámica familiar o de reaccionar ante reprimendas rutinarias.

Pilar Prades: La historia real de la envenenadora de Valencia

El Proceso Judicial: La Sentencia de Muerte

El juicio contra Pilar Prades causó un revuelo mediático sin precedentes en la Valencia de mediados del siglo XX. Las portadas de los periódicos de la época seguían con fascinación y morbo cada sesión de la Audiencia Provincial. La opinión pública contemplaba a la acusada como un ser insensato e insensible, mientras que su defensa intentaba atenuar la responsabilidad argumentando su analfabetismo, su escaso desarrollo intelectual y la absoluta falta de premeditación maliciosa consciente.

Pese a los esfuerzos de la defensa, el tribunal dictó un fallo implacable. En octubre de 1957, Pilar Prades fue condenada a la pena capital por el delito de asesinato consumado con alevosía y envenenamiento en la persona de Dª Adela Pascual, además de una pena severa de prisión por el delito frustrado de asesinatos en las personas de Aurelia y Dª Maria del Carmen Cid, quien afortunadamente lograron sobrevivir tras meses de rehabilitación médica, aunque con secuelas neurológicas permanentes.

Se solicitaron peticiones de indulto a la Jefatura del Estado, apelando a su condición de mujer y a su precariedad mental, pero la clemencia fue desestimada. La fecha para la ejecución se fijó para la mañana del 19 de mayo de 1959.

El Trágico Desenlace y la Figura del Verdugo

El día señalado para la ejecución de la sentencia en la Prisión de Mujeres de Valencia estuvo rodeado de un ambiente angustioso y sombrío. El encargado de ejecutar la pena de muerte fue el verdugo titular de la Audiencia Territorial de Madrid, Antonio López Sierra.

Un hecho insólito marcó las horas previas a la ejecución: el propio verdugo, horrorizado ante la idea de ajustar las cuentas a una mujer joven y rota en llanto, se negó tajantemente a cumplir con su cometido. López Sierra hubo de ser emborrachado y conducido casi a la fuerza por las autoridades judiciales hasta la celda de ejecución para cumplir con el protocolo legal.

A las primeras horas de la mañana del 19 de mayo de 1959, el mecanismo del garrote vil acabó con la vida de Pilar Prades, cuando contaba con tan solo treinta años de edad. Su fallecimiento convirtió su nombre en el de la última mujer ejecutada por este método sumario en la historia de España.

El Impacto Cultural: De la Realidad a la Pantalla de Berlanga

La conmoción que provocó el caso traspasó las fronteras del mero suceso policial y trascendió al ámbito del arte y la cultura española. El genial director de cine valenciano Luis García Berlanga y el insigne guionista Rafael Azcona se inspiraron directamente en los dantescos detalles de la ejecución de Pilar Prades y la desgana violenta del verdugo Antonio López Sierra para concebir una de las mayores obras maestras del cine español: El verdugo (1963).

Años más tarde, la televisión y la literatura volvieron a poner la mirada sobre el suceso. La mítica serie La huella del crimen dedicó en la década de 1980 un aclamado episodio titulado El caso de las envenenadas de Valencia, bajo la dirección de Pedro Olea y con una soberbia interpretación de la actriz Terele Pávez en el papel de Pilar.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.